Gonzalo y María de la Cabeza soñaban
que era un nuevo día, que había peregrinos y ya era romería, pero era
marzo aún. Cuentan que nació una primavera que esperaba impaciente la
llegada de abril para el reencuentro con la Virgen de la Cabeza, en su
majestuoso tapiz de Sierra Morena. Una primavera que conseguiría su
máximo esplendor al hacer que germinase una verdadera historia de amor
entre dos peregrinos unidos por una casualidad y un camino lejano.

Gonzalo,
un eterno devoto de la Morenita, era un romero que viviría su primera
romería a miles de kilómetros y lejos de Ella. María de la Cabeza era
una curiosa chica que había estado viviendo fuera de Andújar pero que
sentiría la romería muy de cerca, tras volver a tierras marianas de la
Morenita. En principio, los quehaceres de la vida hicieron que, estando
tan cerca, nunca coincidieran junto a la Reina de Sierra Morena. Era tan
extraño, que cada vez que uno de los sujetos se acercaba a un punto en
el que la vida les uniera, sin querer, el otro, retomaba alguna senda
dispar. Tal era ese antagonismo, que justo cuando Gonzalo decide cambiar
de “aires” y volar hasta Reino Unido, María de la Cabeza sería quien
ocupase, ya en la previa del mes abrileño, su cometido y desempeño.
Abril podría comenzar algo agridulce pero algo germinaría para siempre.
Sonaron tintineos, amanecía abril, llegarían los esperados y diversos
caminos hacia Ella, despertando juguetona aquella romería cuando aquel
cielo británico nublado, que escondía su sonrisa entre las nubes
norteñas, se convertía en el más puro sol primaveral gracias a aquellos
mensajes que, merced a las nuevas tecnologías de la comunicación,
llegaban desde Andújar y desde el Cerro. Aquellos días de la romería,
ambos peregrinos comenzaban “el camino”. Gonzalo, desde los dos mil
quinientos kilómetros de distancia, desde los cuales suplicó a la Virgen
Santísima que le concediera un deseo; colmar el corazón de la dulce y
tierna María de la Cabeza, ya que ambos “sabían lo que había”.

Adentrados
en mayo, mes de las flores, y ya en la Fuente de San Miguel, iniciando
el largo recorrido del camino y juntos de la mano, Gonzalo la miraba
ilusionado y María de la Cabeza lo saludaba con un ramillete de sonrisas
cuando, de repente se enamoraron al besarse en aquella mejilla, con
tanto cariño y ternura que nada pudo frenar un viaje de vuelta de
locura. Un peregrinar que sería como la vida misma, con sus altibajos,
sus baches, sus momentos buenos y sus cuestas, que supieron superar y
sortear gracias al cariño y al amor que la Virgen de la Cabeza les
regaló en la primavera más soñada de sus vidas.
Pasados unos años, Gonzalo y María de la Cabeza se levantaron temprano
cuando aún brillaban las estrellas para proseguir ese camino hacia la
Morenita. Ambos, despertados por un sueño hecho realidad y sonriendo, se
dijeron “ñiñiñí”, y Gonzalo, esperó a María de la Cabeza en la puerta
del cielo, junto a la Santísima Virgen de la Cabeza. Esa romería uniría
sus corazones pero al finalizar tan largo camino, y cansados de caminar,
la tarde cegó el camino y encendió sus emociones, uniendo en un abrazo a
estos dos romeros enamorados que no entendieron de razones, dejándose
llevar por esta vivencia peregrina que, al hablar de amores, lleva hasta
la Reina de Sierra Morena. Siendo trasladados y arrastrados por bellos
sueños, ya que el camino les recuerda a la Ella. Un sendero que les
evoca a flores de primavera, a un beso en los labios, a una sonrisa al
atardecer, a un ligero adiós y saber que la morenita les está mirando.
Cogidos de la mano e impregnados de caricias, siempre esperan juntos,
volverla a ver para agradecerle y, de esta manera, recapitular esa
bendita casualidad durante varias décadas. El camino se hizo amor, y el
amor se hizo camino. Un camino que tal y como aprendieron tras la
celebración de la aparición agosteña, en su Baeza machadiana, camino se
hace “al amar”, sin volver a pisar la senda que se ha dejado atrás.
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