La Semana Santa es uno de esos momentos del año en los que una provincia entera parece detenerse un instante para mirarse a sí misma, aunque siempre “viviendo Jaén”. Durante unos días cambian los ritmos, las calles se llenan y muchas personas vuelven a sentir que comparten algo que va más allá de lo cotidiano. Se trata de la Cuaresma.
En la provincia de Jaén la Semana Santa tiene algo especial y eso ya lo pudimos comprobar en la Magna de octubre en la Santa Iglesia Catedral y las calles de la capital. No es solo una tradición religiosa, ni únicamente un acontecimiento cultural. Es también memoria. Memoria de nuestra infancia, de tardes esperando una procesión, de abuelos y abuelas que explicaban el nombre de cada paso o de familias que cada año repiten el mismo recorrido por las calles.
Quien haya vivido alguna vez estos días en ciudades como Jaén, Úbeda, Linares, Alcalá la Real, Baeza, Cazorla o Andújar, entre otras, sabe que hay detalles que se repiten y que forman parte de una especie de ritual colectivo. El olor a incienso en el aire, el sonido de una banda o agrupación musical que aparece a lo lejos, el silencio repentino cuando el paso revira en una esquina. Son pequeños momentos que, juntos y juntas, construyen algo difícil de explicar a quien no lo ha vivido.
Pero la Semana Santa también tiene otra cara que muchas veces pasa más desapercibida y que resulta igual de importante, como es el ámbito económico y cultural. Durante estos días el comercio local vive uno de sus momentos más intensos del año. Tiendas, gasolineras, bares, hospederías, restaurantes y pequeños negocios reciben a visitantes y a personas que regresan a su ciudad o a su pueblo para vivir estas fechas.
La hostelería se llena, las terrazas recuperan ese ambiente de conversación y encuentro, y muchas calles vuelven a tener una vida especial que mezcla tradición con actividad económica. Para muchas familias que trabajan en el comercio o la restauración, estos días suponen un impulso importante.
También el turismo encuentra en la Semana Santa una puerta de entrada a la provincia. Personas que llegan atraídas por las procesiones descubren después el patrimonio, la gastronomía o la tranquilidad de esta tierra. A veces basta una visita para que alguien decida volver con más tiempo.
Y junto a todo ello está la cultura. La música de las bandas, el trabajo artesanal de imagineros, bordadores o tallistas, la organización de las hermandades y el patrimonio artístico que sale a la calle convierten la Semana Santa en una auténtica manifestación cultural viva.
Quizá por eso resulta tan difícil definirla con una sola palabra. Es fe para muchas personas, tradición para otras, emoción compartida, motor económico y expresión cultural al mismo tiempo.
Cuando termina, las calles vuelven a su ritmo habitual. Pero queda algo. La sensación de haber vivido, una vez más, esa semana en la que una provincia entera se reconoce en sus calles, en su gente y en una tradición que sigue pasando de generación en generación, como si el tiempo estuviese detenido y los recuerdos no nos abandonan.

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